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lunes, 17 de marzo de 2014

"Erradicación de las causas profundas de la violencia de género" Consuelo Barea

Consuelo Barea

Artículo de Consuelo Barea, publicado en Catalunya Plural

Lidia Falcón ha presentado su último libro “Los Nuevos Machismos” [1] que recomiendo encarecidamente por su lucidez y valentía para exponer lo acaecido al feminismo y a las mujeres en los últimos años. Uno de los puntos que desarrolla, clave para entender las verdaderas causas de la pervivencia de la violencia de género, es el hecho de que la estructura económica de la sociedad está basada en el modo de producción doméstico:
Sin que las mujeres reproduzcan hijos, los amamanten y limpien, alimenten, y cuiden a sus familiares, es imposible que el país se mantenga. Y con eso cuenta el capitalismo, que recibe la fuerza de trabajo en mejores condiciones y más barata, gracias al trabajo gratuito de las mujeres, que se convierten así en la clase económica y social más explotado.
Es urgente que los estados asuman la tarea de la socialización del trabajo doméstico, y esa socialización no es precisamente poner parches al problema con falsas soluciones como aumentar a cuatro meses los permisos de paternidad. Falcón explica la falacia de:
…que las empresas tendrían la misma motivación para contratar mujeres que hombres, dado que el inconveniente alegado por el empresario para no desea emplear mujeres, es el de que éstas abandonan el trabajo durante cuatro meses al dar a luz. Nadie en su sano juicio piensa que con cuatro meses se ha criado un hijo o una hija, y todo el mundo sabe que después de ese plazo quien va a llevarlo a la guardería, a la escuela, al pediatra, al dentista, al gimnasio, al hospital… será la madre, en los 15 años siguientes.
Pedir ese permiso de cuatro meses para el padre es privatizar la responsabilidad de proteger la maternidad y el trabajo de las mujeres:  
Socializar significa crear las instituciones públicas que tengan la responsabilidad de ocuparse de determinadas tareas imprescindibles para el mantenimiento de una sociedad moderna. Que los hombres se ocupen de tareas domésticas en el interior de sus casas no tienen nada que ver con la socialización del trabajo doméstico, como tampoco que las abuelas se ocupen de los nietos... El cumplimiento de estas tareas por parte de madres, padres, abuelos….en el hogar familiar, sigue perteneciendo al ámbito de lo privado, que es precisamente lo antitético de lo socializado.
No se trata de que cada familia administre su tiempo como pueda para cuidar a su niño o a su niño, se trata de que haya servicios colectivos atendidos por personal especializado y preparado para ello, hombres y mujeres que según los principios democráticos y laicos de nuestro ordenamiento legal, se ocupen de la socialización del niño desde el nacimiento hasta el final de su inscripción. De la misma forma que desde finales del siglo XIX se están reclamando que sean públicos muchos de los servicios que presta la familia: lavanderías, comedores populares, pediátricos, etcétera. Eso es la socialización del trabajo doméstico y no pagarles a los padres permisos de cuatro meses después del nacimiento del bebé. La socialización del individuo es tarea colectiva en instituciones colectivas, y lo demás es apoyar la ideología liberal de lo privado.
Al igual que Falcón, otra renombrada jurista americana, Martha Fineman, conocida internacionalmente por sus investigaciones Feminism and Legal Theory Project, aboga por un estado y un mercado más responsables de los dependientes y sus cuidadores. Introduce el concepto de vulnerabilidad universal. Explica cómo los teóricos liberales nos presentan como prototipo humano a alguien autosuficiente, ambicioso y competitivo, pero somos seres vulnerables y dependientes la mayor parte de nuestra existencia: de niños, de ancianos, cuando enfermamos, cuando somos pobres, cuando estamos sometidos a la violencia, a la soledad, al duelo, al abuso de poder… El liberalismo deja la solidaridad para el ámbito privado (familias y asociaciones cívicas y religiosas). No se contemplan los casos en que la solidaridad no existe o no es suficiente, ni el sacrificio sin compensación económica, lastre que los privilegiados no estarían dispuestos a asumir.
Existen unas dependencias inevitables por disminución de autonomía o de oportunidades (infancia, vejez, enfermedad, crisis económica, catástrofe…), o por discriminación o violencia (prejuícíos socíales, racíales, sexístas, relígiosos…). Y también existe una dependencia derivada de la tarea de cuidado, que recae casi siempre en las mujeres, actividad fundamental para el progreso de la sociedad. Las personas que cuidan a dependientes son a su vez dependientes de los recursos que permiten dispensar con éxito esa atención. Esta dependencia generalmente no la experimentan los hombres, evitan asumir la responsabilidad por el cuidado de niños, ancianos o enfermos. En ello influyen las normas patriarcales no escritas por las que el rol de cuidador (dependiente derivado), lo definen y asignan las estructuras culturales, ideológicas y jurídicas a aquellos que se supone deben asumir el trabajo de cuidar a los que no pueden cuidar de sí mismos. Ambas dependencias son relegadas a la familia y, por lo general dentro de la familia, a las mujeres en sus roles de madres, esposas, hijas, etc.
El estado necesita que las cargas y las responsabilidades asociadas con la dependencia sean asumidas por una familia auto-suficiente de estructura patriarcal, que cuide de sus personas dependientes, con un reparto ideal de las tareas al 50% en la pareja, y trabajando ambos (pero los hombres no hacen su 50%, hay divorcios , nacimientos fuera del matrimonio, los trabajos no están diseñados para dar cabida a la maternidad, las mujeres ganan menos y tienen menos oportunidades…).
La dependencia inevitable es ignorada de una forma o de otra por el Estado, se entiende como algo episódico, o como un cambio gradual en el curso de la vida de un individuo. En cuanto a la dependencia derivada, es convenientemente desestimada por el igualitarismo liberal por considerarse consecuencia de una elección individual y responsabilidad de la propia persona. Los que toman el papel cuidador han optado por hacerlo y no deben quejarse de su situación o esperar que otros subvencionen sus opciones. Esta reacción refleja la tradicional división entre lo público y privado, que ha permitido a muchos estudiosos importantes eludir cuestiones difíciles y potencialmente perjudiciales para su teoría. Por lo tanto mediante la familia, la dependencia se vuelve invisible, puede ser cómodamente privatizada y se asume erróneamente que es gestionada adecuadamente por la inmensa mayoría de la gente. [2]
Tanto el estado como el mercado laboral cosechan los beneficios que produce el trabajo de cuidado a dependientes (y no dependientes), en las formas de reproducción y regeneración de la sociedad. Los beneficios económicos de una institución o empresa son posibles gracias a una combinación de contribuciones: la familia y el trabajo de cuidadores, la productividad del trabajo y la inversión de capital.Hay responsabilidades derivadas de la obtención de beneficios como una distribución más equitativa de la responsabilidad de la dependencia, valorando el trabajo de los cuidadores y considerándolos como socios en la productividad y generadores de riqueza.
Las contribuciones de los trabajadores y cuidadores no sólo han sido seriamente infravaloradas, sino que también acumulan penalizaciones en un sistema que privilegia las contribuciones económicas por encima de las físicas, materiales, emocionales e intelectuales, un sistema queignora los costos añadidos al trabajo, así como los beneficios producidos por el trabajo no empresarial, tanto para las instituciones del Estado y como para las del mercado. [3]   
Debería aplicarse la justicia como solidaridad a la estructura básica de la sociedad. El discurso igualitario debe estar anclado en una auténtica comprensión de la condición humana, en la que todos somos vulnerables y dependientes, no en falsas suposiciones como que las capacidades son equivalentes y constantes entre los individuos. El Estado tiene la obligación de no privilegiar a ningún grupo de ciudadanos sobre los demás, de acometer una acción afirmativa que estructure las condiciones de igualdad, y no sólo evite la discriminación:
…Debe desmontar las relaciones institucionales que privilegian indebidamente las circunstancias de algunos trabajadores mientras toleran las desventajas estructurales con los que otros lidian a diario. Mi conclusión final es que los intentos de reforma hacia la igualdad de género en el ámbito familiar, fallarán sin las correspondientes adaptaciones, incluidos los ajustes estructurales complementarios, del estado y de las instituciones del mercado. [4]
Es imposible una igualdad de género en el ámbito familiar sin una socialización del trabajo doméstico y el cuidado a dependientes. La violencia de género es una violencia instrumental, que mantiene a la mujer asumiendo un trabajo que corresponde al estado y al mercado, beneficiarios ambos de la donación de la vida de las mujeres. Donación no tan libre como la ideología liberal nos quiere hacer ver.
Acabo observando la coincidencia fundamental entre las tesis de estas dos grandes pensadoras. Dice Falcón:
Ninguna de las medidas cautelares y educativas que tanto los profesores progresistas como la ley de violencia intentan implantar, erradica el problema. Éstas medidas están basadas en la penalización del delito y la prevención mediante la educación, lo que supone confiar en el cambio de actitudes y hábitos mediante la transformación de los individuos. Es decir, sin tomar en consideración las causas materiales de la violencia.

Es lógico que los estados, y todos son patriarcales, se nieguen a reconocer la explotación económica de las mujeres como causa fundamental de la violencia machista. Así como el burgués debe negar la existencia de la lucha de clases, el hombre debe negar el rendimiento económico que el trabajo gratuito de la mujer le proporciona. Las medidas, por tanto, que ese mismo estado debería aplicar para acabar con la explotación femenina constituye una transformación rotunda del mismo.
Mientras el modo de producción doméstico subsista como fundamento del capitalismo, el trabajo doméstico realizado en el seno de la familia sea imprescindible para el mantenimiento de la sociedad, las mujeres permanecerán adscritas al mismo, trabajen o no, además asalariadamente y destinadas, por su especialidad reproductora, no sólo a la fabricación de niños, sino también a su manutención y cuidado durante los años de juventud de su vida, de modo que les será imposible invertir en su propia formación profesional su mayor capacidad física y mental. Ello seguirá, inevitablemente, apartándolas del mercado de trabajo y de los puestos de poder tanto en la economía como en la política.
Y mientras la estructura familiar se mantenga en las mismas condiciones, como unidad económica en la cual la mujer es el sujeto trabajador, cuya actividad en el trabajo doméstico y en la reproducción proporciona un enorme beneficio social, sin que sea retribuido y ni siquiera reconocido, no debemos contar con que la violencia machista se erradique de nuestras sociedades.
El cambio que requiere nuestra sociedad es mucho más profundo que una ley, una asignatura o un permiso de paternidad. La socialización del trabajo doméstico y a dependientes, esa es la necesaria revolución feminista.
Post publicat a Dones en xarxa

jueves, 19 de diciembre de 2013

La trampa del neoliberalismo

Consuelo Barea
Recomendamos este artículo de Consuelo Barea, psicoterapeuta y experta en violencia de género, publicado en CatalunyaPlural.cat  
El igualitarismo neoliberal defiende que nadie merece privilegios. Se opone por ejemplo a un trato legal preferente como el dado en las llamadas acciones afirmativas en empleo y educación, sueldos comparables, y ventajas para las mujeres en la custodia y la violencia doméstica.
La ley no debería tratar de forma diferente a la mujer y al hombre. Hay que respetar las diferenciasentre el esposo y la esposa derivadas de sus diferentes aspiraciones. Si  una mujer tiene una fuerte preferencia por hacer la colada y cuidar de los niños, más que por hacer un trabajo remunerado, y si su marido prefiere éste trabajo en lugar de hacer las tareas domésticas, la carga extra de trabajo doméstico y cuidado de niños que tienen las mujeres, es debida a su propia elección y es una desigualdad justa, de la que las mujeres son responsables.  (Richard Arneson, “Feminism and Family Justice,” Public Affairs Quarterly 11 (1997): 313-330)
 La jurista Martha Fineman describe como las primeras reformadoras feministas cayeron en la trampa del igualitarismo liberal formal. La neutralidad respecto al género era un objetivo feminista que en principio coincidió con las nociones liberales de igualdad.
El concepto de igualdad se asocia tradicionalmente con el surgimiento de la filosofía del individualismo liberal. También se cita a menudo como el principio animador clave del feminismo moderno... Fue la defensa de la idea de que todos los seres humanos son, por naturaleza, libres, iguales, y dotados con los mismos derechos inalienables, lo que llevó primero a las mujeres a desafiar su situación de inferioridad legal.(Martha Fineman, Equality: still illusive after all these years. Social Citizenship and Gender, Cambridge University Press 2009).
Aceptaron así las feministas como real la visión idealista de la familia en que las mujeres eligen libremente la tarea de cuidar, y en caso contrario los hombres comparten al 50% dicha tarea:
Las reformadoras feministas estadounidenses argumentaron que la absoluta igualdad de trato y la neutralidad respecto al género era la única base adecuada para las reformas, tanto dentro como fuera de la familia… La idea era hacer que los cónyuges compartieran todas las responsabilidades y los beneficios de la institución del matrimonio, con un punto de vista androcéntrico y roles intercambiables. (Martha Fineman. Women, marriage and motherhood in the united states: allocating responsibility in a changing world, 2011)
Sin embargo la fantasía igualitaria pronto empezó a resquebrajarse. El reparto equitativo era difícil de lograr:
Los hombres no suelen ser cuidadores primarios, ni co-cuidadores al 50%, de los hijos, ni de dependientes, ni del hogar. Los matrimonios pueden fracasar, los niveles de divorcio son altos. Siempre habrá nacimientos fuera del matrimonio. Los trabajos no están diseñados para dar cabida a la maternidad. El cuidado a menudo se traduce en sueldos más bajos y menos oportunidades de formación y progreso profesional.(Martha Fineman. Women, Marriage And Motherhood In The United States: Allocating Responsibility In A Changing World, 2011)
El modelo igualitarista de familia confunde lo que tendría que ser con lo que es, habla de los nuevos padres, igualitarios y corresponsables, sin atender a las tozudas estadísticas: solo un 7% de los padres (♂) se encarga de los niños en condiciones de igualdad completa con la mujer (Pau y Marga Marí-Klose, Elizabeth Vaquera y Solveig Argeseanu. Infancia y futuro.Fundación la Caixa, 2010). Esta confusión lleva a una legislación uniformadora que valora más las afinidades que las diferencias. El lenguaje neutral al género enmascara los privilegios masculinos e invisibiliza la discriminación, considerando que ésta es una excepción detectable y corregible, dentro de un sistema justo y equitativo, caracterizado por la libertad individual y la autonomía.
Dicen los igualitaristas:
Las situaciones diferentes del hombre y de la mujer pueden ser explicadas, no por la violencia contra la mujer ni la discriminación sexista, sino por sus preferencias diferentes.(Epstein 2002, 33; Stolba and Furchtgott-Roth 1999, xii)
Pero la pretendida libertad de elección puede ser aparente. Las mujeres pueden tomar decisiones limitadoras y perjudiciales para ellas diciendo que lo hacen libremente. El concepto de libertad de elección no refleja adecuadamente la estructura patriarcal de la sociedad y su influencia en las elecciones de la mujer.
La esposa, el progenitor estadísticamente más propenso a estar en desventaja en el mercado, es más probable que también sea el progenitor que debe ajustar sus actividades profesionales para dar cabida a la crianza del niño. Este ajuste se traducirá en costos potencialmente incalculables para su desarrollo profesional y personal. (Martha L. Fineman. Research study granted for the Graduate School Research Committee of the University of Wisconsin, 1981. A study of rhetoric and results in the regulation of the consequences of divorce)
En el caso de la prostitución, por ejemplo, no podemos colocar en primer plano la libertad de elección, lema del neoliberalismo, blandiendo el estandarte del “consentimiento individual”, sin tener en cuenta las condiciones que han llevado a ese consentimiento, su auténtica validez, y las consecuencias de esa  elección. Retrocederíamos al argumento del “esclavo por convicción” absolutamente rechazado en todas las legislaciones, anteponiendo la opción individual al bien común y la protección del débil.  La prostitución no es un trabajo  sino una forma de ganarse la vida inevitable para muchas mujeres.
 Siempre he simpatizado con el socialismo y me entristecen profundamente los rasgos neoliberales en su política.  Por ejemplo en lo que respecta a la prostitución, Cataluña se ha convertido según muchos en el burdel de Europa con su política permisiva en este tema. Como dice la magistrada del TSJC Matilde Aragó Gassiot en la presentación de la plataforma 'Dret a no ser Prostituïdes' , Cataluña ha adoptado una estrategia de fomento de la prostitución:
  • L’any 2010, es dicta el Decret 112/2010, de 31 d'agost, pel qual s'aprova el Reglament d'espectacles públics i activitats recreatives, fet pel Sr. Saura i President Montilla, i aquella normativa (del 2002) va ser modificada, art. 41, amb una regulació encara més permissiva - incorporant un element d’espai propi per les dones, com a tot element - sense fer cap referència, ni cap debat social previ, sobre la conveniència de regular o no els prostíbuls, ni sobre la relació evident i constatada (així en tots els procediments judicials oberts) entre tràfic de persones i la prostitució. Es diu que les dones que hi treballin han de ser autònomes. I cal preguntar-se, des de quan són autònoms els treballadors que donen el rendiment a favor d’un negoci d’un altre? Això es va aprovar amb l’aquiescència tàcita de les institucions, inclòs l’Institut de la Dona. En la pràctica, Catalunya és  pionera de la tolerància als prostíbuls i s’ha donat carta blanca a la seva instal·lació, aconseguint que tinguem el bordell més gran d’Europa. I s’ha fomentat les organitzacions contràries a l’abolicionisme i de foment del “treball sexual” fins al punt injustificable de que entrin a formar part de les xarxes legals de lluita contra la tracta de persones.

Me duele ver como el socialismo ha caído en la trampa neoliberal, pero me duele mucho mas ver a mujeres que se llaman a sí mismas feministas y utilizan los mismos argumentos sobre la mujer que los liberales más extremos.

Artículo publicado en Dones en Xarxa

domingo, 24 de noviembre de 2013

#25N La violencia contra las mujeres, herencia del machismo patriarcal

Ma Àngels Viladot
Artículo de Ma Àngels Viladot, escritora, profesora y Directora de la Colección Aresta Mujeres publicado en Público.es
En España, a poco para que termine el 2013, llevamos a cuestas el asesinato de 43 mujeres por sus maridos o parejas sentimentales, según datos del Instituto de la Mujer.  Son miles las mujeres y niñas en el mundo que sufren violencia a manos del grupo de los hombres. Los estudios realizados nos muestran  insistentemente que el sexismo (ya sea hostil o benévolo)  conlleva el peligro de violencia contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Violencia  heredera directa del machismo patriarcal (si es que puede haber otro tipo de machismo). Así es como creo que deberíamos denominarla. A la indignación de lo que sucede se suma el cabreo debido al casi absoluto silencio social. Ni tan siquiera las propias feministas se  aúnan para un combate que tendría que ser contundente, sin dilación, sin ningún “pero” posible.
Han transcurrido 15 años desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó celebrar cada 25 de noviembre el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.  Y casi 10 años desde la promulgación de  la Ley española contra la violencia machista. Sin embargo, con porcentajes no muy distintos de un año para otro las cotas de violencia alcanzadas son alarmantes teniendo en cuenta que, como mínimo en los países occidentales, las democracias avanzan y se respetan los derechos humanos.
Las feministas han desafiado el sistema patriarcal, es decir, han retado el sistema social establecido, político y cultural, en el cual los hombres están en una posición dominante en relación con las mujeres. El patriarcado profundamente arraigado en la mente humana de todos los tiempos y lugares no solamente permite sino que legitima la agresión psicológica y física dirigida a ningunear a las mujeres y someterlas. Las vilipendia y deshumaniza hasta el punto de matarlas si no acatan el imperativo masculino. Por esto las feministas desafían las creencias,  los procesos y prácticas sociales del patriarcado y este acometer (no siempre de un modo continuado) ha despertado y despierta conciencias. Evidentemente, estos desafíos y transgresiones no son bien acogidos por la derecha que considera que semejantes barbaridades alientan a las mujeres a hacer caso omiso de su papel convencional y responsabilidades, lo cual socava los valores tradicionales y conduce al colapso social.
Sin embargo, no  anatematicemos solamente a la derecha porque el sexismo es una plaga que extiende sus pezuñas hasta en los más recónditos lugares. Se halla en los progresistas y liberales, en los alternativos y los indignados. Y en las propias mujeres de todos los sesgos ideológicos. Claro que hay diferencias en relación a la sensibilidad y el grado de discernimiento entre las derechas y las izquierdas (permítanme esta burda divisoria) y  ello se ve en el poso de legislación que unos construyen y que los otros  abolen y al revés.
Pero por mucho que gracias a las feministas las cosas han mejorado ostensiblemente, todos los productos culturales, la publicidad, los diarios, la televisión, las canciones y los nuevos multimedia están henchidos de sexismo, misoginia, androcentrismo, machismo… es decir, cargados de desigualdad estructural. Al fin y a la postre el poder de mandar sobre otras personas y conseguir que hagan lo que quien manda quiere ha estado reservado secularmente a los varones… a las mujeres se las aparta de los espacios de poder y se las considera molestas rivales.  Se las obliga a pensar de que sus intereses son otros y sus cualidades inferiores. Pero las féminas de hoy no quieren ser mujeres cumpliendo los roles tradicionales de servidumbre, no quieren ser floreros ni objetos útiles. Tienen aspiraciones y pretensiones sociales de reconocimiento y ello atenta contra los seculares privilegios masculinos. Los comportamientos y quehaceres de las mujeres de hoy revolucionan el orden social, el orden tradicional de las cosas.
Sin embargo, en las sociedades contemporáneas occidentales se niega o se intenta negar que el denominado sexo débil está aun discriminado. Lo cierto es que las manifestaciones directas de prejuicio son consideradas socialmente inaceptables y  como resultado de ello la discriminación perpetrada es menos obvia puesto que, al menos en apariencia, la sociedad ofrece nuevas oportunidades a través de la legislación y las políticas de acción afirmativa. Además, los diversos ejemplos de mujeres que han tenido éxito parecen demostrar la bonanza de la naturaleza meritocrática de la sociedad moderna. Así pues, si las mujeres ostentan los méritos suficientes y dedican el esfuerzo necesario deberían poder mejorar su posición como seres humanos, acrecentar su estatus social y familiar. Ahora bien, las estadísticas laborales, los problemas derivados de la (no) conciliación familiar, el número in crescendo de violencia machista nos indican muy mucho lo contrario.
Lo que quizás más me sorprende es que son muchas las mujeres que se niegan a reconocer que están discriminadas y de reconocerlo no quieren admitir que es debido al hecho de que forman parte de un grupo socialmente perjudicado. Parecería obvio que atribuirle a la discriminación la situación de desventaja del grupo de las mujeres contribuiría a mantener su autoestima elevada en la medida en que dicha discriminación sería la causa de un factor externo. A pesar de ello son muchas las mujeres que no se sienten bien cuando se les dice que es su pertenencia al grupo segregado de las mujeres lo que dificulta la igualdad social, laboral, familiar… No reconocen que están socialmente excluidas porque ello conllevaría admitir su adscripción a un grupo desventajado al cual no quieren permanecer. Nadie quiere sentirse parte de un grupo socialmente inferior y menos cuando la ideología de la meritocracia oferta un mundo sin barreras. Muchas mujeres creen en el valor de los méritos personales y que, por tanto, si se esfuerzan lo suficiente podrán llegar a la cumbre; es decir, a ser aceptadas como iguales por los hombres.
A mi parecer, el énfasis en la meritocracia es un modo sibilino de legitimar las desigualdades sociales entre las mujeres y los hombres,  y de que estos eviten sentirse culpables por las ventajas que se propinan. Ello les permite mantener sus privilegios y derechos naturales por ser hombres. Por esto es muy poco probable que intenten cambiar las reglas del juego que sostienen segregadas a las mujeres. La meritocracia es un espejismo, desdibuja la adscripción de las personas a los grupos sociales a los cuales pertenecen. Permite creer en un mundo permeable, sin fronteras. Flaco favor están haciendo estas mujeres al proceso que impulsan tantas otras para conseguir la justicia de la equidad. Prescribo aquí leer el libro de Lidia Falcón, La pasión feminista de mi vida.
Fijaros que la casuística de palizas, violaciones o asesinatos de mujeres en manos de sus maridos o parejas sentimentales se difunde por los medios de comunicación de forma aséptica. Un nuevo caso de violencia machista, nos dicen, mancha el día de hoy. Y hacen un resumen del suceso, reconociendo que es una epidemia social.  Pero fijaros también que al mismo tiempo se da a entender que las violencias perpetradas son la suma de acciones individuales, aisladas, de unos individuos que simplemente han perdido el norte, cuando lo que en realidad actúa en ellos es el machismo, esa derivación directa del orden patriarcal, aun tan arraigado en todas las sociedades del mundo. Esta vergüenza social tan aparatosa y triste —me refiero al asesinato de mujeres en España— es tan solo la punta del iceberg. Y sino para muestra un botón inmenso: en los países teocráticos el patriarcado es tan feroz que legitima cualquier acto de violencia contra las mujeres hasta matarlas si atentan contra el “honor” de los hombres. No hay elección: si desobedecen deben ser castigadas, emparedadas, rociadas con ácido y darles muerte si es necesario.
Pero volvamos a Occidente, a los países supuestamente democráticos; como decíamos, la violencia cometida contra las mujeres se desliga de los marcos del machismo patriarcal y se justifica como una acción individual, eso sí,  desaforada, poniendo el peso en el contexto y las circunstancias personales del perpetrador para atenuar y disculpar su atrocidad; esta es la estrategia social para exculpar de responsabilidades a los hombres como grupo y que estos puedan seguir llenando su cartera de privilegios hasta la perpetuidad. Está muy bien que a la  palabra “violencia [contra las mujeres]” se le apareje el término “machista” como ya se suele hacer en los medios de comunicación. Pero para que este añadido no quede vacío de sentido, la sociedad (la política, las instituciones) debería contar lo que significa y su estrecha vinculación con el sistema ideológico del patriarcado.
Otro caso de “violencia machista”, anuncian los diarios, la radio, la televisión…, como si se tratara de un incidente casual que se suma a los cientos y miles celebrados por salvajes a los que se le han ido las luces. No es de extrañar que la ciudadanía esté confusa, sumida en la perplejidad. Porque… ¿cómo es que hay tanto loco suelto que anda asediando, violando, castigando, matando a las mujeres?, se preguntan hombres y mujeres la mayoría de las veces. La respuesta es que aun vivimos en una sociedad profundamente marcada por las huellas ancestrales del patriarcado. La respuesta hay que explicarla, difundirla y combatirla poniendo los medios necesarios. Solo así se erradicarían sus perversos exabruptos.  Sin embargo, a quienes debería interesarles no les interesa: las mujeres políticas dedican su tiempo en escalar puestos y preservar su sillón; a los hombres ¿por qué  debería importarles?, a ellos no les afecta y además desperdiciarían prerrogativas, y a las feministas… ¿dónde están las feministas?

martes, 5 de noviembre de 2013

#Prostitución Las putas son propiedad de los hombres...

Lídia Falcón

ENFOQUES. #OtrasVoces 

Artículo de Lídia Falcón publicado en Público.es 
Trescientos cuarenta y tres intelectuales franceses, la crème de la crème de la intelligentsia francesa, publican un manifiesto contra la abolición de la prostitución porque reclaman su derecho a poseer “su puta”, y aseguran que ninguna ley puede prohibirles, a ellos, su deseo y su placer.

Considerando que hace más de cien años que se celebró la I Convención Internacional contra la Trata de Blancas, que aprobaron –por más hipócritamente que fuera– todas las naciones representadas, entre las que naturalmente se hallaba Francia, y que apoyaron todos los dirigentes políticos e intelectuales de los países civilizados –por más hipócritamente que fuera–; y que la prostitución, como tal –aparte del secuestro, el tráfico y los malos tratos que acompañan a ese infame negocio– ha sido considerada por la ONU como otra esclavitud; resulta altamente sorprendente el cinismo que exhiben esos grandes hombres de la Francia ilustrada, post revolucionaria y culta al calificarse a sí mismos de puteros y macarras y reivindicar la propiedad de “su puta”.

Otros comentaristas han hecho hincapié en la tragedia de la trata de mujeres y niñas, cuyo negocio recorre el mundo entero, y las terribles condiciones en que las víctimas son exhibidas, vendidas, prestadas, apaleadas y asesinadas, si se tercia. Situaciones que no creo que nadie desconozca y mucho menos esos ilustres pertenecientes al Parnaso francés firmantes del manifiesto, cuya inteligencia y cultura brillan deslumbrando a los simples e incultos mortales. Por ello no voy a incidir más en el tema.

Porque la verdadera raíz de la ideología y comportamientos del patriarcado, del que los firmantes son sus más conspicuos representantes, es que ninguno de los episodios de esclavización que comportan tantos sufrimientos a las víctimas les importan. Los cimientos de la ideología patriarcal están construidos sobre la explotación y utilización de las mujeres para disfrute de los hombres. Cuando tan célebres representantes de varias Academias se atreven a proclamar públicamente que no consentirán que les perturben la posesión de “sus” putas, no están más que ratificando uno de los sagrados principios del machismo: soy hombre y por tanto tengo derecho a disponer de las mujeres como me plazca. Puedo apropiarme de una adecuada para que me sirva en el hogar y me fabrique hijos, puedo comprar otra mujer para que satisfaga mis fantasías sexuales, puedo venderla para obtener beneficio de los servicios que preste a otros hombres, y (¡por supuesto!) las desprecio a todas.

La perversa utilización de la defensa del derecho de las prostitutas a escoger su “profesión” , que para estos hombres les sirve para reclamar el suyo a una satisfacción genital venal, no encubre más que las convicciones antes señaladas, a las que se disfraza, se maquilla, se encubre con la más moderna y aceptada de las reclamaciones: la de la libertad.

Pero ninguno de ellos se plantea la clase de libertad que tiene la mujer que debe aceptar la utilización de su propio cuerpo por veinte hombres diarios, a cambio de dinero –la mayor parte del cual va a parar a los chulos. Ninguno de ellos, que son tan cultos, tan inteligentes, tan pensadores, se plantea cuánta libertad existe en la coacción de la pobreza. Porque en realidad la libertad de las prostitutas es la que menos les interesa. Como no le ha interesado nunca al patriarcado. Bien queda demostrado en los más antiguos y modernos textos de la literatura, de la filosofía y de la doctrina religiosa.

En ese manifiesto los firmantes únicamente tratan de su propia libertad: la de escoger a sus víctimas y hacerlas objeto de sus instintos más salaces sin que ningún gendarme de la moral o de la ley venga a interrumpirlos. Claro que Sade decía lo mismo, y era francés, y ha sido considerado hasta por los intelectuales más preclaros como un abanderado de la rebelión. No sé si esos señores quieren emular ahora las hazañas del marqués, que acabó matando prostitutas tirándolas por la ventana, pero sí parece que ratifican sus afirmaciones ideológicas. Al fin y al cabo, en sus farragosos escritos Sade también se atreve a defender el placer de las mujeres a las que secuestra, ata y amordaza, apalea y da latigazos y viola continuamente. Y todo ello trufado de largos discursos moralistas contra la moral que condena tales conductas.
En esta mala reedición de las doctrinas sádicas –segundas partes nunca fueron buenas– en un estilo más vulgar y burgués y menos epatante y aristócrata; con los medios de comunicación más poderosos de la historia humana para difundirlas, los intelectuales franceses nos están diciendo: ¡Aunque estemos en el siglo XXI no olvidéis que seguimos siendo machos, que queremos mujeres para satisfacer nuestros instintos sexuales, que lo que defendemos no es la libertad de las prostitutas sino la nuestra propia de joder con quién y cómo nos plazca! Y que, por tanto, tenemos derecho –aunque seamos feos, viejos y mal construidos– a poseer nuestra puta.

Los derechos de las putas no son de su incumbencia.

Porque en realidad la cuestión trascendente de los derechos y de la libertad de las mujeres es qué clase de sexualidad domina a esos hombres que reclaman, y se vanaglorian, de satisfacer la más profunda y hermosa pulsión humana con la esclavización de una mujer, que la mayor parte de las veces los detesta y que sometiéndose a ello únicamente logra sobrevivir.
Pero la verdad es que yo creía que desde la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, La Abolición de la Esclavitud de 1848, la de Derechos Humanos de 1948, la Convención de No Discriminación de la Mujer de 1978, se había abolido la idea de que un ser humano pudiese pertenecer a otro.
¡Que antiguos son esos señores!


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